viernes, 9 de febrero de 2018

"Mil quinientos dolares"

MIL QUINIENTOS DOLARE$ Por: Néstor Cánchica No fue sino hasta que estuve lejos de la pensión de mala muerte en que vivía desde hacía tres años, que noté que algo raro pasaba. Al llegar al kiosko de revistas y periódicos que me queda de camino a la universidad donde trabajo sacando fotocopias, paré por una cajetilla de cigarrillos y el dueño del negocio, un gordo mal encarado y de aspecto asqueroso, me atendió con una sonrisa y una amabilidad tal que me hizo creer que estaba en un programa de cámara escondida o algo por el estilo, pues desde que compro los cigarrillos allí (casi todas las mañanas), este hombre raras veces me mira y nunca me responde los buenos días; menos aún me contesta cuando le hablo o le doy las gracias por atenderme, en cambio, siempre tiene hacia mí una actitud de desprecio que no me he tomado personal puesto que a todos les da el mismo trato. Hoy sin embargo había sido todo lo contrario, empezó por saludarme con una sonrisa amplia en la que me mostró sin vergüenza el amarilloverdoso de sus escasos e irregulares dientes y después, me preguntó si quería mis cigarrillos de siempre. Una vez me los entregó junto con los vueltos, me deseó buen día y no contento con eso no había dejado de sonreírme ni un instante mientras me iba. Aun con la extrañeza en la mente me alejé fumando un cigarrillo camino a la facultad de Administración y Contaduría, donde trabajo desde los veinte años; ahora tengo veintiséis y no hay un puto día en que no me pregunte por qué coños no me he ido de este miserable empleo. Sobre todo si pienso que mis viejos están muertos y no tengo mujer ni hijos. Además, cuando empecé el sueldo no era nada malo y me había prometido quedarme hasta reunir lo suficiente para emprender algún negocio propio, ahora, debido al gobierno de turno, el sueldo se ha convertido en una mierda que escasamente me da para mal comer y palear una hiperinflación que al momento, me ha hecho perder once kilos o cuidado si más. Volviendo al tema, el recorrido hasta la universidad me toma entre quince y veinte minutos, e invariablemente lo hago a pie acompañado por un sol candente que me pega de frente obligándome a hacer visera con las manos, pero hoy, como cosa extraña, no había un sol molesto, de hecho, parecía que la temperatura se había adecuado a mí, a mis caprichos, puesto que el día estaba húmedo como me gusta; como cuando acaba de caer un buen palo de agua y de repente escampa dejando un rocío que aviva los colores y hace salir el verdadero olor de las plantas y la tierra. Pese a lo agradable del clima y aunque sabía que llevaba buen tiempo apuré el paso, preguntándome todavía qué mosca le habría picado al gordo del kiosko que siempre se la mantiene amargao’. Bueno, al igual que todo el mundo, ya que con esto de la hiperinflación estamos todos en el foso y no se puede estar de otra forma; aunque en mi caso trato de mantenerme en equilibrio para no andar en polémica, ya que al parecer todos los días la gente se levanta con ganas entrarse a coñazos, aunque la verdad sea dicha, yo también peleo que jode. En esas reflexiones andaba cuando sentí una mano en el hombro que me obligó parar, y cuál no sería mi sorpresa cuando volteé y me encontré con este chamo Perales. Un alumno de la facultad con el que había tenido una discusión fea por unas copias que le había fiado y que insistía me había pagado. Pasados algunos días la discusión continúo y sin más remedio terminamos cayéndonos a golpes (porque no me dejo joder por nadie). Bueno, la vaina fue que este chamo Perales, que es un poquito más alto que yo gira la mano duro y me dio un par de coñazos en la nariz que me dejaron el tabique desviado, o al menos eso fue lo que me dijo el doctor que me atendió «Joven, si quiere respirar mejor, tiene que someterse a una cirugía que le enderece el tabique», no si ta’bien, como si uno cagara rial. Aunque él tampoco se fue liso ¿Eh?, el chamo Perales digo, porque le di una tremenda mano en el ojo que se lo reventé, ahí todavía le queda la marca, una cicatriz en forma de media luna más abajo del pómulo. Para seguir el cuento resulta que cuando me di cuenta que era este chamo Perales me puse pilas y al cuadrarme pa’ peliar, el chamo me brinca encima y me abraza casi llorando pidiéndome disculpas «Perdóname Antonio, no entiendo como dejé que una pendejada como esa hubiera llegado tan lejos…», después me dijo que estaba dispuesto a pagarme el doble por las fulanas copias de la discordia y si había algo más que pudiera hacer para desagraviarme, que se lo dijera en ese mismo instante pues estaba dispuesto a hacer lo que fuera. Yo me quedé pasmado y por un momento pensé en mi nariz, y en la cirugía que me había recomendado el doctor, pero la verdad es que no había sido gran vaina y ya me había acostumbrado a respirar por un solo lado (esto sin decir que yo también le debía una cirugía a él). Después del abrazo me conmoví y me le disculpé, bueno, hasta lo abracé; uno tampoco es de hierro. Le dije que no hacía falta que hiciera nada, que incluso pensaba que el error había sido mío. El chamo Perales entonces me sonrió y me agarró la derecha durísimo con las dos manos y antes de alejarse me dio otro abrazo. «Coño, que rara es toda esta vaina, ¿qué carajos estará pasando hoy?» me dije, y tras caminar unos veinte pasos me senté a pensar a profundidad. Sobre todo analicé la actitud del chamo Perales, de quien no he sido amigo nunca porque sé que tiene fama de mala nota. Además yo no fui el primero con el que ese chamo se fue a las manos en la universidad, él se ha caído a golpes hasta con un profesor, por eso me extrañó tanto su actitud. Pensando en la vaina prendí otro cigarro y mientras me lo fumaba empecé a observar a la gente sin darme cuenta, y vi que todo el que iba y venía tenía una actitud como media extraña, de pronto absolutamente todos venían sonrientes, bailando, cantando y saludándose entre sí como si se amaran «Pero bueno que vaina es, que coños será lo que le está pasando a la gente en esta vaina, ¿será que me volví loco y aun no me he dado cuenta?» me pregunté, luego, cuando apago el cigarrillo y me pongo a caminar otra vez, empiezo como a fijarme un poco más en los que tenía cerca y como lo había visto hacía minutos no dejaban de sonreírse e intercambiar saludos cariñosos entre sí. Con decirles que hasta a mí me sonreían y saludaban sin que me conocieran. Doce minutos más tarde llegué a la facultad y como siempre saqué la vieja Xerox para hacerle el mantenimiento de la mañana, ponerle el Toner y cargarla de hojas blancas. Hecho esto me fui a por un guayoyo pensando que después, si me apetecía, me comería una empanada o dos, lo raro era que no tenía precisamente hambre y esa es una vaina que me pasa solo cuando estoy enfermo. Camino del cafetín me siguieron pasando cosas locas, me encontré, como es normal, con varias gevitas que aunque me sacan copias todos los días nunca me saludan si estoy fuera de la máquina. Yo no tengo royo con eso, yo las entiendo bien porque al final soy un simple fotocopiador y ellas, son unas chamas universitarias de buenas familias. Resulta que de buenas a primeras las chamas, sobre todo ese grupito de: Adrianita, Anabella y Faby, que son de las más bonitas y populares de la facultad, no solo me saludaron sino que una por una sin excepción me abrazó y besó como si yo fuera su pana más pana, y yo, bueno, extrañadísimo por supuesto, les respondí los saludos como mejor pude, con cariño pues; aunque sin salir de mi sorpresa. Cuando por fin llegué al cafetín todo el grupo en pleno que estaba allí me saludó por mi nombre, eso sí que me pareció de otro mundo y no es por hablar mal de nadie ¿Eh?, pero todos me parecieron un grupo de autómatas sacados de alguna película o peor aún, Zombis que había poseído alguna raza alienígena, una vaina como de cine gringo pues «¿Será que yo soy el único al que no han podido agarrar todavía esos bichos del espacio?» me dije medio en broma y medio en serio, porque a partir de ahí sí que la cosa me estaba dando un poco de cague. Por eso decidí hacerme el pendejo y pasar lo más desapercibido posible, para ver si averiguaba que carajos le ocurría a la gente, ya que era evidente que algo les estaba pasando, ahora estaba seguro. Si apenas ayer andaban obstinados por la situación y no dejaban de agredirse los unos a los otros y los que no estaban peleándose en una cola por comida regulada, estaban preocupados por abandonar el país a como diera lugar (incluso yo mismo ya lo he llegado a pensar), ya que la plata solo alcanza pa’ mal comer y a duras penas, pa’ la renta que a mí me suben una vez cada dos meses alegando lo de la hiperinflación, que sí que es cierto que todos sabemos alcanzó las cuatro cifras, por eso no se puede hacer otra cosa y si no me gusta ahí está la puerta, que muy bien me puedo devolver al pueblo del que he salido; se los juro que así mismo me lo dijo la señora encargada de la pensión, poniéndome cara de arrecha como si yo fuera el culpable de la economía del país. Movido por el desconcierto decidí hacer una prueba irrefutable que me demostraría sin lugar a dudas mi teoría de la adopción colectiva extraterrestre. Armado de valor me fui pegado a las paredes para no ser saludado, abrazado y besado por nadie, hasta llegar la oficina del director, el profesor: Hidrobo Vergara, un viejo despreciable con cara como de águila Arpía que estoy seguro no lo quiere ni su puta madre, y desde que empecé a trabajar aquí me ha hecho la vida imposible tratando por todos los medios de hacerme renunciar, ya que no tiene la autoridad suficiente para botarme; al menos no la tiene para botarme sin una buena razón. Además sé que no me ha botado todavía porque sabe que no va a encontrar fácilmente a otro pendejo que haga este trabajo. Una vez que entré a la dirección le pedí a la amargada de la secretaria si era posible ver al profesor y ésta, con una inmensa sonrisa me dijo en tono amable «Por supuesto joven, el profesor Hidrobo Vergara está para atender a todo el que así lo solicite. Pase joven, no hace falta ni siquiera que lo anuncie.» Entonces me señaló la puerta con una sonrisa y siguió trabajando con toda normalidad. «¡¿Coño, y de cuando acá esta vaina?!» me pregunté sin podérmelo creer. ─Buen día, señor Director ─saludé cuando pasé a la oficina, donde me encontré al viejo escuchando una música como clásica con la ventana de par en par, las manos en la cintura y observando El Ávila como hipnotizado─. Buen día ─insistí al ver que estaba tan absorto que no me había escuchado. ─¡Muy buen día, hijo! Respondió por fin y cuando se volteó estaba sonriendo «Coño, ahora si me jodí yo» fue lo que se me ocurrió pensar, porque desde que conozco a ese señor jamás lo había visto sonreír. Ni a mí ni a nadie. Lo que vino a continuación me dejó aún más loco y es que el viejo me abrazó efusivo y al soltarme, me rodeó con el brazo y me llevó a donde estaba parado cuando entré. ─Antonio, ¿tú habías visto lo verde y bonita que está la montaña? ─Pues no señor Director, la verdad es que no me había fijado, pero ahora que me lo dice la verdad es que si…─respondí sin salir de mi asombro, recordando que apenas dos días atrás me había mandado a llamar y me había gritado delante de la secretaria que si me volvía a ver fumando dentro de la universidad, haría que me botaran e insistiría para que no se me pagara ni un medio por los años que llevaba trabajando allí. Entonces como era que ahora me abrazaba y no solo eso, como era que aún me mantenía el brazo en el hombro al tiempo que respiraba profundo como si estuviera estrenando pulmones. De pronto me soltó de golpe y yo dije ya está, ya se acabó la fantasía, ahorita me vuelve a gritar, pero que va, no pasó nada de eso. ─Antoñito, cuéntame, que puedo hacer por ti ─dijo sin dejar de sonreírme. ─Bueno, señor Director… ─¡Hidrobo!─interrumpió aun con la sonrisa en la boca─ Llámame Hidrobo, déjate de títulos conmigo que tú y yo somos iguales. Somos personas después de todo. ─Bueno, Hidrobo ─respondí aturdido ante lo inusual de la situación y decidí arriesgarme un poco más, con algo que sabía le iba a sacar la piedra─. Resulta Hidrobo, que estoy aquí porque quería preguntarle acerca de la posibilidad de un aumento. De un aumento de sueldo. Entonces no respondió y por algunos instantes se quedó muy callado, con la vista clavada en el escritorio como si meditara. En ese momento supe que ahora sí venía lo bueno, como siempre ocurría montaría en cólera y me sacaría de allí a gritos pero para mi sorpresa el hombre bajó volumen a la música, retiró un poco la silla del escritorio y tras hurgar en una de las gavetas sacó un sobre y me lo extendió. ─Perdóname Antoñito, por todos los malos ratos que te he hecho pasar. No entiendo que me ocurrió...Esto es de parte mía. Yo agarré el sobre y por respeto ni siquiera me atreví a abrirlo, pero me imaginé que debía de ser una carta; cuidado si una de despido. ─Lo del aumento dalo por hecho Antonio ─agregó como si nada─, ya llevas muchos años trabajando con nosotros y nunca te hemos subido el salario, perdónanos también por eso. Además, hoy mismo empiezo a hacer las gestiones para darte unos bonos extras de alimentación para que puedas llevar mejor esta crisis infame, pero si necesitas algo más, cualquier cosa como un préstamo adicional para casa o vehículo házmelo saber sin pena Antoñito, es más, cuenta con eso desde ya. Se podrán imaginar que salí de allí sin saber que carajos había ocurrido, no solo con ese viejo que parecía ser otra gente, sino preguntándome como carajos lo habían cambiado. «¿Acaso habían cambiado a todas las demás personas también sin que me hubiera dado cuenta?» preguntándome eso subí a uno de los baños del tercer piso y allí me encerré para saber el contenido del sobre. Pues resultó que el bendito sobre tenía mil quinientos dólares, justo la cantidad que estaba tratando de reunir desde hacía dos años y por una u otra razón, siempre terminaba gastándome lo poco que lograba juntar. Tras el impacto del dinero comencé a asustarme de verdad verdad, y lo que me pareció más lógico fue creer que soñaba. Entonces comencé a tratar de despertarme con todas mis fuerzas, pero por más que apreté los dientes, los puños y el culo nada ocurrió. Cansado por el esfuerzo sacudí la cabeza, me pellizqué y hasta me estrellé varias veces contra las paredes del cubículo, pero igual nada pasó; no me despertaba. Quería decir entonces que o estaba despierto, o quizá loco. Tal vez esto era la locura, que podría saber yo de eso si jamás la había experimentado. Luego me pregunté que quizá eran los demás los que estaban locos y yo, por alguna extrañísima razón, era el único que permanecía cuerdo, ahora mi teoría extraterrestre me parecía ridícula y solo me asistía un miedo que se me iba incrementando a cada minuto. Tratando de controlar mi miedo racionalicé lo que había concluido y pensé que no carecía de lógica, era la única explicación para que en un solo día toda la gente que llevaba años amargada por una crisis sin fin, de repente anduviera rebozando de felicidad como si vivieran en otro planeta. Cuarenta minutos más tarde salí del baño sudando y haciendo de tripas corazón empecé la jornada de trabajo, que pese al inusitado brote de felicidad estuvo bastante normal. Acaso lo más resaltante fue que vi a Amarilys, la estudiante que había sido mi novia cuando recién había empezado a trabajar y que me había roto el corazón al dejarme a los pocos días por uno de sus compañeros de clases. Pese a lo doloroso y traumático de la ruptura aun la amaba, aunque ya raras veces la veía porque evitaba pasar por donde me encontraba; igual nunca había dejado de pensarla. Amarilys se acercó con la “normalidad” de las demás personas y luego de abrazarme y besarme en la mejilla, me dijo que estaba allí porque quería conversar conmigo y por tanto me invitaba a almorzar. Empezando la comida me soltó sin más ni más que estaba disponible y si yo quería, estaba dispuesta a que lo intentáramos de nuevo. Yo, que estaba sorprendido para variar, me limité a asentir y durante el almuerzo que dicho sea de paso tenía el mismo sabor de mis comidas favoritas de la infancia, no pronuncie más de una veintena de palabras, en cambio ella que era de naturaleza callada no dejó de hablar de ambos, de lo compatibles que éramos y del gran error que había cometido al dejarme por otro hombre que no me daba ni por los talones. Dijo que nada de eso importaba ahora pues lo verdaderamente importante era que nos habíamos vuelto a juntar, y estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para mantenerme feliz. Una vez que Amarilys se fue me dediqué a trabajar lo que me restaba de la tarde y de regreso a la pensión tomé un camino distinto al de siempre, solo para cerciorarme que el estado de absurda felicidad de la gente aún seguía vigente. En efecto así era. Todos sin excepción seguían sonriendo, cantando, bailando, saludándose, abrazándose y besándose como si estuvieran en alguna clase de Edén. Yo en cambio cada vez me sentía más asustado y como no hallaba que hacer, aterricé en El Aula 35, un bar que me queda a mitad de camino entre la pensión y la universidad, donde cada vez que puedo me bebo una que otra cerveza antes de llegar a la habitación. Tras la primera birra que me cayó como si fuera un bálsamo revitalizador me dispuse a resolver el misterio en el que me encontraba, y lo primero que se me ocurrió hacer fue forzar la memoria lo más que me fue posible, a fin de averiguar si en mis recuerdos había algo que explicara este raro fenómeno; este cambio repentino de toda la gente. No tenía que ser algo trascendental, me conformaba con algún vestigio, algo que me hiciera atar cabos y me sirviera a mí; solo a mí. Como pude recorrí con claridad todo lo vivido el día anterior. Recordé que había salido enojado de la residencia y que a partir del kiosko de periódicos, había estado discutiendo con cuanta persona se me había atravesado en el camino, luego, en el trabajo, había gritado a cinco clientes seguidos y lo que terminó de rebasarme el vaso, fue ver pasar a Amarilys tomada del brazo del otro, del tipo que me la había quitado. En contraste había ocurrido que a solo escasos minutos de haber visto a Amarilys con el tipo, había aparecido el profesor Hidrobo reclamándome a gritos que algunos alumnos habían venido hasta su oficina a darle quejas mías por malos tratos, y mi reacción, que ahora me extrañaba mucho, había sido la de darle un brutal empujón que lo hizo caer de bruces golpeándose la cabeza tan fuerte que enseguida perdió el conocimiento. Asustado emprendí la huida pensando que quizá había matado al viejo y si ese fuera el caso, jamás podría volver a pisar la universidad. A partir de ese momento me sentí un fugitivo de la justicia. Cuando me agoté de tanto correr empecé a caminar y como si mis pies estuvieran programados fui a dar a El Aula 35, el bar en que me encontraba y sin medidas había bebido todo cuanto había podido, pero el destino quiso ponerme aún más trampas y cuando fui a pagar lo consumido resultó que las cervezas habían subido cuatro veces su precio y como no me alcanzaba el dinero, tanto el dueño del bar como sus dos hijos y los clientes asiduos se enojaron tanto, que de repente se volvieron unos irracionales y sin piedad me propinaron una salvaje golpiza en la que me rompieron todos los dientes delanteros, y me fracturaron los brazos junto con las costillas. Además, y como si hubiera sido poco castigo, me vaciaron el ojo izquierdo a patadas. Mi cabeza tampoco había salido bien librada del incidente pues recuerdo que me sangraba en tres sitios diferentes, no obstante al brutal maltrato y al ver que nadie me socorría, conseguí ponerme en pie por mis propios medios y como pude llegué a la pensión. Una vez en mi habitación cerré la puerta y al soltar el picaporte me desplomé en el piso de cemento donde me dormí sin sentir nada más, clamando por estar en un lugar mejor, en un lugar donde hubiera algo de paz, un lugar donde no me levantara todos los días preguntándome por qué estaba o mejor dicho, por qué estábamos viviendo así, en esa suerte de infierno que hacía que a cada minuto fuéramos más malvados los unos con los otros, ¿acaso eso era mucho pedir? Después de haberme dormido no recordaba nada, de hecho, no recordaba cómo había salido de la pensión pues mi día había comenzado a partir de que caminaba hacia el kiosko de periódicos. Entonces pensé que estaba sufriendo del Mal de Alzheimer, pero si fuera eso como era posible que recordara quien era y todo lo que me había ocurrido el día anterior «¿Acaso había soñado todo?». Tenía que ser eso, había soñado todo pues de lo contrario estaría tan maltratado que no me habría podido ni levantar del suelo y el dueño del bar junto con sus hijos, se habrían caído para atrás al verme llegar intacto y por el contrario, como toda la gente este día, también habían sido en extremo amables conmigo. Cansado de tanto pensar pedí otra cerveza de tercio que por cierto estaba deliciosa y a la temperatura que más me gusta. Tras bebérmela a pecho pagué la cuenta asegurándome de dejar una muy buena propina y enseguida regresé a la pensión a dormir, y, a olvidarme de aquel aciago sueño que no tenía razón de ser, sobre todo ahora que incluso tenía mil quinientos dólares en el bolsillo que me servirían para hacer el negocio o por qué no, para hacer un viaje, quien sabe, quizá con esos riales podría por fin encontrar esa poca de paz que ansiaba. Movido por ese agradable sentimiento entré a la pensión donde me recibió la encargada, brindándome un ademán de bienvenida junto con una espléndida sonrisa «A ésta vieja también le pegaron la locura», me dije antes de abrir la puerta de mi habitación y encontrarme con mi cuerpo ensangrentado al pie de la cama.

lunes, 18 de enero de 2016

sábado, 26 de diciembre de 2015

Reseña para los medios.

Andantes, o cómo el terror habita entre nosotros. ¿Qué hace que Guillermo Villena busque a Arcel Kramer? Resolver esta pregunta nos hace recorrer esta obra por completo. El autor logra mantener la atención del lector de manera permanente, cerrando cada parte del libro con una puerta que se abre en el siguiente capítulo. Es una obra que atrapa, entretiene, seduce a partir de su ritmo veloz y lleno de suspenso, donde la cultura popular religiosa y llena de creencias varias, hace un lazo con el pulp y las leyendas latinoamericanas alrededor de lo sobrenatural. De entrada, se nota la influencia cinematográfica: hay un largo recorrido de películas de terror y suspenso: desde Hitchcock hasta El aro y desde Halloween hasta Sé lo que hicieron el verano pasado. Pero a esto debemos sumarle tradiciones nuestras como La Sayona, u otras, a manera de influencia. Nos encontramos, entonces, con una obra de terror, centrada en lo sobrenatural, que nos llena de pánico y piedad por el destino atroz de los personajes. Guillermo Villena busca revertir un acontecimiento final: la muerte de su novia, ocurrida por accidente, pero de la que es culpable. El nombre de Kramer es indicado por su madre un par de años antes. Kramer promete solucionar sus problemas, con la condición de que debe hacer una serie de cosas que él le indique y cuando se lo indique. ¿Cómo sabrá Villena que debe ir ante él? Por un pequeño objeto que se iluminará cuando Kramer lo requiera. Nuestro personaje entra entonces en una serie de acontecimiento terribles, nefastos, en donde algo que no domina se va apoderando de su vida, y la va envileciendo: muerte, dolor, sufrimiento, y sin nunca poder escapar. A menos que pase este destino a otro ser querido, como su madre hizo con él. Somos entonces, en este libro, partícipes como lectores del destino de Villena: un destino atroz, horroroso, angustiante, cruel. Deja de confiar en las personas; descubre, por una gitana, claves de su maldición; empieza una vida nueva, en principio maravillosa, pero pronto va descubriendo que es siempre observado, señalado, amenazado: los seres que lo han maldecido, lo vigilan. Sabe que nunca podrá escapar. Pero nuestro personaje, a pesar de su desesperación, busca respuestas. Y en esta búsqueda, mientras va acatando las encomiendas atroces de Kramer, donde la muerte y el dolor siempre están presentes, donde la desesperación hace casa, va encontrando lo que parecen son respuestas a sus inquietudes. Nuestro personaje se rebela. Guillermo Villena no está dispuesto a llegar al final de su destino, porque sabe que no hay escapatoria. Y si no la hay, entonces por qué seguir. Entiende que el sacrificio es necesario. ¿Logra realmente liberarse de ese final terrible, de esa esclavitud? Para ello, el lector deberá llegar hasta el final de estas páginas. Valdrá la pena. Aunque tengamos también algo terrible que pagar: ver la caída o la salvación (nunca se sabe), apenas en las últimas líneas. Escrito por: Ricardo Ramirez Requena.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Se bautizó!

Muy buen lunes, mis queridísimos amigos. Con inmensa alegría les cuento que ayer celebramos el bautizo de mi ópera prima “ANDANTES” en La Galería LPG, cuyos espacios me cedió amablemente mi galerista y amigo Luis Padrón. Allí, en compañía de mi esposa Geraldine, familiares, amigos, conocidos y futuros nuevos amigos; y lectores, estuvimos brindando, leyendo un poco y firmando ejemplares en lo que fue uno de los momentos más gratos de mi vida. Para ilustrarles de lo que les hablo, les dejo algunas fotos del evento (fotografías; Aida Isabel Cárdenas Velásquez, 14 años. Andrés Enrique Aristimuño González, 12 años). P.D. A partir de hoy, ya empieza la distribución de la novela en las principales librerías del país. También la pueden adquirir a través de mi persona y en la propia Galería LPG.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Instagram finalmente

Instagram

viernes, 4 de diciembre de 2015

HABEMUS!!!

Muy buen viernes, queridísimos amigos. Después de tantos meses de sortear obstáculos de todos tipos, es con inmensa alegría que les informo que tal día como hoy: 04/ 12/ 2015. “ANDANTES” mi ópera prima, salió de imprenta. Como les mencioné antes, la novela sale bajo el ala de la editorial: FBLibros y desde este momento, empieza su distribución en las principales librerías del país. El bautizo (en el que estaremos brindando, leyendo un poco y en mi caso particular, firmando ejemplares) se realizará el domingo 13 a partir de la 1:30 pm, en la galería de arte LPG (Los Chorros. Av El Rosario con #12 transversal. Edif LPG). Así mismo les cuento que el libro ya está en Amazon, en formato electrónico (Kindle, que mientan), y según me ha informado Roger Michelena (mi editor), también se puede mandar a imprimir una copia desde ese portal a cualquier lugar del mundo. Bueno, queridísimos amigos, para no hacerles el cuento demasiado largo, solo me queda agradecerles el estar pendientes de este proyecto e invitarlos de nuevo al bautizo, donde voy, o mejor dicho: vamos, a estar augurando con el brindis el mejor destino posible para el libro que como bien dicen, más que un libro: es un hijo. P.D. Por cierto, aprovecho este espacio para pedirles a los amigos y conocidos que tengo fuera (que por desgracia cada vez son más), que si adquieren la novela por Amazon en físico, se tomen una foto con el libro y me la envíen para hacer una galería. ¡Mil gracias a todos!

miércoles, 28 de octubre de 2015

Otra de Aves

Muy buen día, queridos amigos. Hoy les estoy mostrando una nueva pieza de aves, que a diferencia de las anteriores, fue realizada con trazos gruesos y cargados de gestualidad. Les cuento esto porque seguramente estaré haciendo unas cuantas pinturas de este estilo que me gusta mucho, y que sinceramente, espero les agrade. Como siempre cuento con sus comentarios y apoyo. ¡Mil gracias, amigos! Ficha técnica: Título: “A la Guaira volverán…” Técnica: Acrílico sobre lienzo. Tamaño: 56 x 160 cm. Año: 2015.